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jueves, 6 de abril de 2017

APOFIS. LA SERPIENTE DEL INFRAMUNDO.

por Martí P. Coronado. Revista Más Allá de la Ciencia, nº 337. Abril de 2017.

La información arqueológica nos permite corroborar el mayor protagonismo que va a adquirir el faraón, al que los egipcios consideran como la imagen del dios solar Ra, a finales del IV milenio antes de Cristo. Además de cabeza del nuevo estado, jefe del ejército e intermediario con los dioses, el rey debía de garantizar el bien y establecer el Maat, un concepto que implicaba justicia, orden y bienestar, y esto sólo se conseguiría si tras su muerte conseguía acceder a la vida del más allá, por lo que los egipcios emplearon una buena parte de su tiempo en la elaboración de complejos rituales funerarios para combatir el caos y mantener la prosperidad de su pueblo. 

Una de las principales obligaciones del faraón consistía en la construcción de grandes templos dedicados a las deidades del panteón egipcio, como un acto de agradecimiento para conseguir un largo y próspero reinado. Algunos faraones vieron cumplidos sus ruegos porque a los treinta años de su reinado pudieron celebrar el festival de Sed, durante el cual se llevaban a cabo complejos rituales para renovar su fuerza y poderes sobrenaturales. Obviamente, no todos tuvieron la oportunidad de celebrar esta festividad ya que la muerte se cruzó en sus caminos, obligándoles a iniciar un largo y decisivo viaje porque de su resultado dependía la supervivencia de toda una civilización. 

Efectivamente, los egipcios consideraron necesario que su faraón fuese aceptado por los dioses después de su desaparición física, y por eso invirtieron enormes recursos para que el rey triunfase sobre la muerte, como el sol triunfaba sobre la oscuridad cuando los primeros rayos de luz asomaban por el lejano horizonte. Fiel reflejo de esta preocupación por conservar el Maat, fue la construcción de unas tumbas cada vez más espectaculares, pero para ello resultaba igualmente importante conocer las circunstancias de ese desconocido trayecto que debía de iniciar el difunto, similar al que llevaba a cabo el dios Ra cada noche, para vencer a todos los enemigos sobrenaturales que amenazaban con sumir a Egipto en un nuevo periodo de caos. 

Según la mitología egipcia, cada amanecer el dios Ra se embarcaba en una embarcación mágica, la Barca Solar, y sobre ella recorría los cielos acompañado de una tripulación formada por todo tipo de dioses. A mediodía, cuando el sol llegaba a su cénit, su fuerza era tal que iluminaba con fuerza el mundo de los hombres, pero cuando nuevamente llegaba hasta el horizonte por el Oeste, sumiendo a la tierra de Egipto en la oscuridad, Ra-Atum empezaba su viaje por el reino de la muerte en su Barca del Sol Nocturno, la cual era arrastrada por chacales y cobras sagradas. En esta nueva travesía, el sol de la noche se veía obligado a superar numerosos obstáculos, como los terribles demonios que guardaban unas puertas que no se abrían hasta que el dios Ra, o en su caso el faraón difunto, contestaba correctamente a unas misteriosas preguntas. De igual forma, toda una legión de extrañas criaturas se confabulaba para atacar a Ra-Atum, entre ellas la serpiente Apohis o Apep, la mayor y más temida serpiente de la Duat. Junto a Seth, ponía todo su empeño en evitar que la barca completase su recorrido para de esta forma alcanzar el nuevo día, y devolver la luz, el equilibrio y la paz al pueblo egipcio. Movida por su descomunal fuerza, Apohis atacaba la embarcación del dios del sol con la intención de romper el orden cósmico. Durante su trayecto, la serpiente atacaba directamente al barco solar, pero también solía culebrear para provocar bancos de arena donde el navío debía de encallar. 

Afortunadamente, tal y como pudieron comprobar los egipcios a lo largo de su milenaria historia, Apofis nunca resultó vencedora. Sin embargo, la serpiente que representaba al mal, nunca pudo ser del todo derrotada, dañada o sometida. Para los egipcios, su existencia era imprescindible porque sin ella el ciclo solar no podría haberse llevado a cabo con normalidad. Además, la mentalidad egipcia necesitaba materializar de alguna manera el concepto del mal para darle un sentido concreto al principio del bien y el orden. Los egipcios pensaron que los días en los que el cielo se teñía de rojo, era por causa de las heridas de Apofis en su lucha con Ra, mientras que los eclipses eran mirados con preocupación porque anunciaba una posible amenaza para la barca solar.

La batalla entre estas dos fuerzas antagónicas se debía llevar hasta sus últimas consecuencias, porque de su resultado dependía el futuro de Egipto. En caso de que Ra no saliese victorioso, las aguas del caos primigenio volverían a anegar la tierra y el reino de los dioses y el Maat desaparecerían para siempre. Poco a poco, el viaje de la Barca del Sol Nocturna iba llegando a su fin, pero el momento de mayor tensión siempre se producía durante el amanecer, cuando la lucha entre las fuerzas del caos y las del orden llegaba a su punto más alto, en un enfrentamiento en el que, invariablemente, resultaba victorioso el dios del sol. 

Algo semejante ocurría tras la muerte del faraón egipcio, un fenómeno crítico para un pueblo que esperaba expectante el resultado final de esta última prueba que debía de emprender el rey, identificado con Osiris. La posibilidad de alcanzar una vida después de la muerte fue, en un principio, privilegio del faraón durante las primeras dinastías de la historia egipcia, pero tras la caída del Antiguo Reino, observamos que la costumbre de situar inscripciones en los ataúdes, junto a planos del mundo de los muertos se generaliza, y así hasta alcanzar el Imperio Nuevo, en el que por fin cada egipcio es identificado con Osiris, y por lo tanto capaz de renacer en la otra vida, motivo por el cual se hacen enterrar con ensalmos escritos en papiro que debían recitar para superar las pruebas que les esperaban en su viaje. Conforme fue pasando el tiempo, estos escritos mágicos fueron recopilándose para dar forma a un libro, que consta de ciento noventa capítulos, los Escritos que serán realidad de aquí en adelante, más conocidos por nosotros por el nombre de El libro de los muertos.

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